miércoles, 28 de diciembre de 2016

Mandala

MANDALA.
Voy a matarlo…”, dijo. “Lo haré sin prisa, sin sangre y  sin testigos…”
Pese a mi borrachera y mi sueño, la oí sentenciar con toda nitidez. Entremezclando la noche  con la certidumbre de su determinación.
Por eso, cuando aquella mañana de feria llegaron los guardias civiles con el municipal y la rubia desteñida,  supe de inmediato dónde tenían que buscarlo: en la casa del prado, junto al río.
Porque allí empezó todo, nuestras rabonas en el instituto y los primeros escarceos con los chicos y las bebidas.
Mara y yo nos hicimos amigas de inmediato; ella tenía un padre borracho y yo un ligero sobrepeso. No éramos lo que se dice populares y ni sus destrezas en plástica ni mis sobresalientes en matemáticas fueron suficientes para granjearnos el aprecio del resto de las chicas que hacían frente común ante los bárbaros de la otra clase.
No obstante, fuimos de las primeras en correr lindes con el otro sexo haciendo cierto eso de que “siempre  hay un roto para un descosido”.
Me lie con el Canijo las navidades del último curso de instituto. A su madre casi le da una angina de pecho cuando su vástago suspendió las matemáticas  y a falta de profesores particulares en el pueblo recurrió a la vecina más aventajada. Nuestras sensatas progenitoras acordaron que nos viésemos dos veces a la semana en el comedor del bar del Canijo, donde no nos molestaría nadie para poder repasar. Desde el primer día y tras tres intentos fallidos de que entendiese un polinomio de los de andar por casa, supe que iba a suspender y supe también a qué sabían los besos con lengua. En eso el Canijo me salió listo.
Lo de la Mara con el Languiruzo fue algo distinto a lo mío y a todo lo demás. La perita en dulce de la promoción: guapo, con pudientes, sensible y simpático. El partidazo más codiciado en manos de una paria que no tenía donde caerse muerta, que de ninguna manera llegaría a la universidad y con un padre que no esperaba al fin de semana para caerse de bruces en la calle rebosando de chupitos.
Nada de eso pareció importarles al principio, la Mara cayó rendida a los pies de aquel poeta que la rescataría del tedioso mundo que la envolvía. Le salían chiribitas de los ojos  y no dudaba en seguirlo cada vez que proponía la escapada a la casa abandonada del prado. Cruzaban todos las líneas y exploraban todo lo explorable en  el río donde apenas quedaban cangrejos autóctonos, en el destartalado cortijo abandonado a los aperos de labranza oxidados y en unos cuerpos que se desbordaban en cada recodo, estallando  y desatando  tempestades de deseo y ternura.
El Languiruzo, por aquel entonces,  era el mozo más feliz del pueblo, pasando tres kilos de los amigos que no veían con buenos ojos su enchochamiento;  y de su madre, que empezó a coleccionar novenas cuya única petición era que el Todopoderoso librara a su hijo del terrible hechizo al que aquella trepa lo tenía sometido.
La gente de a pie los observaba y criticaba con la maldad sempiterna del terruño, a sabiendas de que aquello era un arco iris que se disiparía sin dejar huella. Porque la Mara era una extranjera en su propio pueblo. Los pobres siempre lo son. Su madre murió cuando apenas tenía siete años y la máquina de coser era lo único que conservaba de ella y su único alivio en la soledad de una habitación desde la cual oía los traspiés de su padre con su ebriedad crónica instalada en el hígado y el alma.
Sólo Carmela, la del Molino,  la miraba con buenos ojos de matrona ancestral y reconocía el talento especial de la Mara. Una vez le pidió que le hiciera un bolso y la vieja se deshizo en elogios hacia ella:
_ Hazte costurera, le decía. Aquí no te faltará trabajo y tú llevas las agujas y el dedal en la sangre.
_ Ni hablar, Carmela. No voy a tener tiempo de coser mientras crío a mis hijos y atiendo el jardín.
Porque eso era la vida para la Mara. Su compañero, su prole y sus plantas. Fantaseaban con adecentar la casa del prado y habilitar un espacio donde la familia no molestase al patriarca, que sería un afamado escritor para el mundo, un padre cariñoso para sus niños y un amante incandescente para ella.
Aquel verano, cuando por fin terminó el instituto para siempre,  nos entregamos al estío como fanáticos de una secta. Fue como un paréntesis en nuestras vidas, ajeno a un otoño que venía preñado de decisiones desacertadas. Fue el año de la tormenta el último día de feria, cuando todo se anegó y se rozó la tragedia. Yo la pasé cobijada y temblando de frío con el Canijo en el soberado del restaurante familiar,  atrincherados con la mitad de los vecinos
El Languiruzo y la Mara se dejaron atrapar donde siempre, en la ruinosa casa del prado, dónde los encontraron al amanecer, ya que antes fue imposible cruzar el río. El escándalo estaba servido.
_A la moza la ha perdido el novio…
_Se la  veía venir. ..
_La pájara habrá querido asegurarse…
Durante días, las buenas gentes del pueblo se distrajeron haciendo leña del árbol caído, y llenando las esquinas de chismorreos podridos de envidia e intolerancia hacia la Mara.
_ ¡Qué mala memoria y que mala sangre tienen algunos! Decía la Carmela. ¡Y qué pena ser mujer en un mundo de hombres!
Pese a las habladurías, el paripé más o menos fingido del padre de la Mara y el patatús con traslado en ambulancia incluido de la madre del Languiruzo, nada fuera de lo normal había pasado entre ellos la noche de la tormenta, nada que no hubiera pasado una y mil veces en esos desbocados encuentros que hacían temblar el suelo como si hordas de enemigos milenarios se midieran en duelo a muerte.
Sin embargo, aquel reconocimiento de su relación pareció afectar al Languiruzo, recién condecorado con sus brillantes notas en selectividad, su consecuente matrícula universitaria y el primer premio en un concurso literario regional para jóvenes talentos. Ningún mérito se atribuía a la auténtica musa de aquellos poemas prestados que olían a Mara, sabían a Mara y dejaban ver a Mara entre cada renglón.
La última semana de agosto, el Languiruzo fue a recoger su premio y pasó dos días en compañía de poetas y escritores varios, todos mayores que él y todos halagando a la joven promesa de las letras.
Solo dos jornadas de adulaciones bastaron para cambiarlo. El mozo que bajó del autobús, con la placa plateada bajo el brazo miró a la Mara como si no la reconociese. Algo parecía haberse roto y ella, que estaba enamorada pero no tenía un pelo de tonta, supo entender que aquella tregua que pedía en la relación era un punto y final.
Dos días después fue a buscarme al bar del Canijo y se me abrazó llorando mientras me contaba que lo habían dejado. Nosotros nos íbamos aquella misma tarde a pasar el fin de semana a Cádiz pero  el Canijo se ofreció a cederle el asiento y la habitación que pensábamos compartir en primera línea.
Aquella noche en la playa fue la única vez que vi a la Mara beber, apropiándose de una botella de whisky que engulló con ansia y sin hielo, con la mirada perdida en un horizonte invisible, ajena al bullicio alegre que nos rodeaba en un inútil amago de rescate. La vi beber, pero no borracha. La vi cerrar los ojos, pero no dormir.
_”No duermo apenas” me dijo. “Es como si me hubiese robado los sueños y el sueño.”
Tras el fin de semana volvimos al pueblo con la mochila llena de ropa resacosa y desvelada. Casi no hablamos en el autobús, pero en mis sienes resonaban una y otra vez las palabras de la Mara, con el mar y mi borrachera como únicos testigos:
Voy a matarlo…”, dijo. “Lo haré sin prisa, sin sangre y  sin testigos…”
La Mara no era cristiana, no había pisado una iglesia desde la muerte de su madre; pero hasta el momento de su ruptura con el Languiruzo había sido la persona más buena del mundo, un alma inocente donde la candidez y la ternura no dejaban resquicio a la maldad, la envidia, el rencor o ningún otro de los vicios a los que tan aficionados somos los mortales de a pie.
Todo el pueblo sabía ya que el noviazgo se había disipado como un arco iris en un charco pisoteado. Las buenas gentes sonrieron aliviadas porque todo estaba en su sitio. La madre del Languiruzo pareció rejuvenecer veinte años y la Carmela se calló por no mandar a freír espárragos a más de uno.
Sin embargo, fue el padre de la Mara, permisivo hasta entonces con la relación,  quien peor reaccionó al enterarse. Borracho perdido abrió la puerta de un empujón y la emprendió a golpes con su hija aquella misma noche mientras la increpaba llamándola puta y perdida.
Ni siquiera se quejó, ni le devolvió los golpes o los insultos porque tenía bien aprendida la lección antigua del respeto a los mayores. Sin embargo, el fino hilo del que pendía su vida en el pueblo se rompió entonces definitivamente.
A oscuras, hizo un amasijo con las pocas ropas que tenía, cogió dos mil pesetas de debajo del colchón y metió en el carro de la compra la máquina de coser de su madre.
Pasó por delante de la casa del Languiruzo de camino a la mía. Había luz en su balcón pero no pareció notarlo. Tiró dos piedras a mi ventana y yo bajé a oscuras para no despertar a mis padres.
“Vengo a despedirme, Gordi. Me voy a la ciudad.”
No pregunté por qué se iba, ni quién le había hecho los moretones. No intenté disuadirla ni consolarla.
“Espera que me vista y te acompaño a la estación. Vamos a por el Canijo que nos ayude con la máquina”
Despertarlo no fue fácil. Siempre ha dormido a pierna suelta. Cuando bajó, medio cegato y despeinado, bostezó ostensiblemente con cara de mosqueo, que enseguida  trocó en preocupación.
“Ahora vengo” dijo, y se perdió en el interior del restaurante trasteando al fondo del mostrador.
Volvió con un pequeño fajo de billetes torpemente arrugados.
“Aquí tienes, Mara. Son mis propinas de fin de semana. Las guardaba para hacerme un homenaje con la Gordi en nuestro aniversario pero te vendrá bien para empezar a moverte en la capital.”
La Mara cogió el dinero, lo metió en el fondo de la mochila y le dio un beso al Canijo. Los tres nos dirigimos a la parada de autobuses y esperamos la media hora que faltaba para las seis y media de la mañana. Hora de salida.
No pude evitar llorar al abrazarme a ella y cuando la vi sentada tras la ventana del autobús, con la máquina de coser de su madre como compañera de viaje. Ella no lloraba. No sonreía pero no lloraba.
Tras su marcha pareció que no quedaba rastro de ella en el pueblo. Su padre siguió el via crucis alcohólico rutinario con sus caídas y su calvario. La Carmela se buscó otra costurera que remendara sin vocación sus vestidos. La madre del Languiruzo se volvió a teñir las canas  y su vástago apuró con los amigos de siempre las dos semanas últimas de septiembre antes de empezar su más que segura brillante carrera universitaria y literaria.
Jamás volví a hablar con él de la Mara, aunque sé que aprovechaba cualquier ocasión para sonsacar al Canijo.
“No tardará en volver” decía el engreído. “Vendrá en cuanto se le acabe el dinero. ¿Dónde va a ir la pobre?”
La “pobre” le puso un giro al Canijo dos días antes de navidad para devolver las quince mil quinientas pesetas que le había dado para facilitar su huida. Cuatro meses habían bastado para conseguirse un trabajo en un taller de costura dónde se había vuelto imprescindible. El sueldo le daba para pagarse un piso compartido con dos estudiantes y le permitió ahorrar para saldar su deuda.
Por otro lado, el insomnio que tan devastador resultaba para la gente normal, había evolucionado, en el caso de la Mara, hacia una especie de fiebre creativa que la mantenía hasta altas horas de la madrugada sentada ante la máquina elaborando bolsos variopintos, coloridos y mustios, elegantes e informales, castos y lujuriosos.
No pasó mucho tiempo antes de que una boutique del centro se quedase prendado de ellos y le propusiese trabajar en su elaboración a tiempo completo. Las clientas  se dejaban atrapar por aquellos accesorios que aunaban calidad, diseño e impecable terminación pero que por encima de todo parecían incluir un toque de magia que iluminaba a las portadoras.
Aquellas navidades el Canijo y yo tuvimos la primera discusión gorda en nuestra relación.  El Languiruzo, que ya no tenía tan claro que la Mara volviese con el rabo entre la piernas y aún más derrotada de como se marchó, empezó a impacientarse y le pidió al Canijo su dirección en la ciudad. Tan bueno y tan santo este novio mío que no sabía decir que no.
Por fortuna, los hados tampoco habían perdonado la cobardía del poeta y lanzaron sus dados. Cuando llegó al piso de quien había sido su musa, una miope estudiante de derecho le informó con la puerta encajada, de que la Mara ya no vivía allí. Se enteró casi al mismo tiempo que yo, que recibí su postal, de que se había marchado a Madrid, donde una exclusiva tienda le ofrecía una exposición continua de sus productos que ya tenían nombre: Mandala.
A partir del año siguiente, recién estrenada nuestra mayoría de edad y derecho al voto, el tiempo comenzó a comportarse de una manera caprichosa: a veces, un caldo tardaba en arrancar a hervir o una llaga en curarse, lo que no hay en los escritos. Sin embargo, en ocasiones, parpadeabas y te había caído un lustro en lo alto.
Cinco años y una treintena de cartas después de su partida, la Mara volvió al pueblo a enterrar a su padre.
Nos costó trabajo reconocernos. Yo ya me había vestido de honorabilidad al casarme con el Canijo, que me había convertido en la regenta y cocinera del restaurante familiar con delantal y gorro al uso.
La Mara distaba mucho de la joven de pueblo que se subió al autobús con un fajo de billetes tan arrugados como sus entrañas. Si no feliz, al menos lucía serena, libre y distante en una atalaya que se antojaba lejana a simple vista.
El Languiruzo se acercó a darle el pésame con la torpeza y el titubeo de un niño que sostiene un jarrón de cristal de Bohemia. Si algo se removió en el interior de la Mara, nada ni nadie pudo percatarse de ello. Ninguna emoción afloró a sus labios o su piel  en el transcurso de ese breve apretón de manos y el amago de un abrazo que el poeta frenó en seco ante la rigidez desprovista de expresión de la doliente.
En un par de días malvendió la casa paterna con la celeridad de quien prende fuego a una nave por cercenar todo atisbo de regreso.

Los caminos de la Mara y el Languiruzo parecían avanzar de forma inexorable, en paralelo y cada vez más bifurcado.
Tras acabar su carrera, sin más pena que gloria. El muchacho decidió que no podía rebajarse a opositar como cualquier hijo de vecina y optó por ejercer de escritor a costa del erario materno.
Comenzó a frecuentar círculos literarios selectos, que con la excusa de refinar al diamante en bruto, terminaron por despojarlo de toda la frescura y originalidad de sus primeros poemas. La búsqueda de la forma volvió su escritura cada vez más deforme cayendo en la gelidez de la ausencia de luz.
En el pueblo seguía siendo la joven promesa y se contaba con él para la revista de feria que salía a mediados de agosto. No faltó ningún año su aportación, que siempre resultaba más anodina que la del año anterior.
Venía a entregarla en persona a mediados del verano, acompañado de la compañera de turno, que también se renovaba año tras años en una sucesión de novias que, al igual que sus poemas, eran cada vez más insulsas.
Vistas de lejos parecían hembras despampanantes pero cuando acudían a nuestro restaurante, cita obligada en su periplo pueblerino, una se percataba del grueso maquillaje, el tinte despiadado y las tetas operadas.
Nunca intimé con ninguna de ellas, nuestros saludos no iban más allá de diálogos banales y superfluos que  el Languiruzo presenciaba con la mirada ausente, perdida en la pared del fondo, donde colgaba un tablón repleto de las fotos que ilustraban los años de convivencia que el Canijo  y yo habíamos compartido.
 No hacía falta ser un lince para saber que  detenía vista, tiempo y aliento en la imagen de la esquina superior de la derecha, con una Mara rebosante de felicidad que jugaba en el río con los pantalones arremangados, el pelo recogido en la nuca y la casa del prado al fondo. De alguna manera intuía que aquella Mara a medio camino entre niña y mujer era lo más real y auténtico que había estrechado contra su pecho… y la certeza de lo perdido se le clavaba en las vísceras con un dolor que no lograban anestesiar ni los cubatas ni los injertos de silicona.
Ella vino a mi parto porque decía que las hembras de la manada no deben parir solas. Fueron nuestras primeras vacaciones en seis años. Se presentó en casa con maletas repletas de ropa, regalos para el bebé y dos Mandalas: uno para Carmela, la del Molino y otro para mí.
Por aquel entonces, vivía a caballo entre Madrid y París resistiéndose a otras ciudades más cosmopolitas aunque menos hospitalarias.
Había parido infinitos bolsos que parecían cobrar vida propia en cuanto escapaban de su máquina de coser y sus noches de insomnio para apresurarse a escoger dueñas estiradas  y glamorosas.
Sus escasas habilidades sociales le habían granjeado cierta fama de ermitaña que contribuía a agrandar su caché dotándolo de cierta aureola de diseñadora inaccesible e incansable.
Cuando un periodista le preguntó por el secreto de su éxito y ella contestó que consistía en trabajar día y noche, creyó que exageraba.
Pero decía la verdad.  Seguía sin dormir… y aunque jamás volví a oírle pronunciar el nombre del Languiruzo, yo sabía que se escondía agazapado en sus duermevelas y que no quería cerrar los ojos porque el sueño la arrastraba una y otra vez a la casa del prado donde a golpe de sexo enamorado habían forjado una unión capaz de sacudir al mismísimo eje del bloque terráqueo.
Así estaban las cosas y así siguieron estando durante algunos años más. La Mara cada vez más prolífica con sus Mandalas, reconocida internacionalmente como una artista de bolsos e imágenes y el Languiruzo cada vez más perdido en sus efluvios de alcohol, con sus devaneos insípidos y su poesía adulterada. Manteniendo ambos su no relación con una estabilidad en el tiempo difícil de alcanzar para muchos matrimonios convencionales.
A mi segundo parto, la Mara vino acompañada. El Chicarrón del Norte resultó ser un compañero soberbio  y con carácter. Formaban una pareja madura, magnífica y serena desprovista de conservantes y edulcorantes. Llevaban poco tiempo de relación aunque cualquiera pensaría que habían cumplido las bodas de oro. Tenía el aplomo de los hombres que saben lo que quieren y lo que importa, de los que no se dejan arrastrar por canto de sirenas.
No me extrañó que se  decidieran  a vivir juntos pocos meses después, a diez kilómetros de Santander, en una preciosa casa de campo con un jardín generoso con vistas al Cantábrico.
Me faltó tiempo para colgar la foto que me mandaron  en la esquina superior derecha, junto a aquella en que la Mara chapoteaba en el río con los pantalones arremangados.
Difícil imaginar entonces,  que aquella estampa asestaría la puñalada definitiva a un Languiruzo que agonizaba, herido de muerte, desde el mismísimo momento en que osó pensar que la vida sin la Mara era posible.
La víspera de feria llegó como siempre con su poema bajo el brazo y la rubia desteñida al otro lado. Saludando a los paisanos con el aire de superioridad de la gente que esconde complejos.
Se sentó para comer frente al tablón de las fotos como siempre pero palideció al ver la cara de la Mara abrazada al Chicarrón de norte,  con las mejillas rojas de brisa marina, con la fachada oscura de la casa salpicada de flores, con el verde esperanza de los campos cántabros y la sonrisa invencible de quien ama y se sabe amada.
El Languiruzo no era santo de mi devoción, pero me dio pena ver que no probaba bocado y seguía la conversación con la rubia a duras penas y con monosílabos.
Cuando se levantó a pagar el Canijo lo invitó a una copa que rechazó de plano.
“Hoy no, Canijo, siento como si una rata me estuviese roendo las entrañas”.
Dejó propina y se marchó no sin antes volver la mirada hacia la Mara, evitando la foto reciente y centrándose en la antigua. Caminó hacia la puerta con el paso decidido, desentendido del mundo y de su acompañante.
Cuando a la mañana siguiente llegaron los guardias civiles con el municipal y la rubia desteñida,  supe de inmediato dónde tenían que buscarlo: en la casa del prado, junto al río.
Lo encontraron sobre la cama raída, atiborrado de pastillas y sujetando entre las manos el libro de poemas de León Felipe que la Mara le había regalado con el dinero que le dio la Carmela por arreglarle unas faldas.
Supongo que debería apenarme como el Canijo… pero nunca me han dado pena los amantes cobardes.
Fui al entierro y a dar la cabezada, aunque no me quedé a la misa porque tenía mucho que hacer en la cocina.
El mes que viene me subo a Santander. La Mara estará  cumplida para entonces  y como ella misma dice:
“A las hembras de la manada no nos gusta parir solas”.

viernes, 2 de enero de 2015

Soy un árbol


Soy un árbol.
Podría ser otra cosa pero soy un árbol.
Mis ramas disfrutan la intemperie de horizontes abiertos y libres pero mis raíces se agarran al terruño ancestral.
Mis hojas tienden a escaparse con el viento pero las crías se aferran al nido y detienen mi fuga.
Soy un árbol…
Mis amigos son pájaros que vuelan libres y fuertes y yo envidio sus vistas, sus atardeceres, sus aires y sus donaires. Os envidio y os disfruto.
Soy un árbol…
No puedo volar con vosotros…
Pero si alguna vez, cansados de volar, necesitáis el justo reposo del guerrero aquí os aguardo.
A la sombra de mis ramas, nunca os faltará un plato donde saciar vuestra hambre de libertad o una cama donde reponer las fuerzas de quien lucha contra corriente.
Soy un árbol… pero tengo la suerte de tener amigos que saben volar alto y libre.

Epitafio a Gabo

   Hoy el coronel no tiene quien le escriba.
Nada que añadir a la crónica de una muerte anunciada.
La lluvia pudre la hojarasca de Macondo mientras en el velatorio, la Cándida Eréndira cuenta su increible y triste historia y el náufrago su relato ante la mirada distraída de Úrsula, más pendiente de Aureliano y Melquíades.
No faltan los amantes en los tiempos del cólera.
Hasta Manuela Sánchez se deja caer de su eclipse para rendir tributo al patriarca en su otoño.
Las putas están más tristes que de costumbre poque saben que hoy más que nunca, la soledad dura cien años.

José María.

Mi caballero errante se pierde
Por los montes de este país… O de otro.
Las montañas que pisa no tienen
Denominación de origen.
Mi caballero errante navegó
Los océanos en el Pequod,
Poniendo zancadillas a Ahab
Para salvar a su ballena.
Mi caballero errante rechazó
A la estrecha Pamela porque tanta virtud
Resultaba indigesta
Y producía ardores.
Mi caballero errante recorrió
El bosque embrujado con Hester,
Conjurando con la letra escarlata
Los troncos centenarios.
Mi caballero errante se enamoró
De Heathcliff, como Cathy, (la nuestra).
Y se perdió en sus cumbres borrascosas.
Porque alguien llamó a su ventana.
Mi caballero errante se pierde
En sus silencios largos y espaciados.
Y los demás llenamos su ausencia
Tirando de nostalgia.
Mi caballero errante reaparece
Sin avisar y desfaciendo inviernos
Siempre nos trae regaliz de primavera
Nuestro Quijote con morfología de Sancho.

Ausencia


 Y es que está tu ausencia
tan preñada de tu esencia,
que la nostalgia
se nos antoja
más linda que triste.

El Pepino




Una mujer que ha parido sabe cosas que no sabe que sabe y siente heridas que no sabe que siente; Por eso, decidió detener el tiempo con la inocencia con la que un pobre mortal se enfrenta a semejante hazaña.
El proceso era simple y efectivo. Consistía en introducir un pepino pequeño, asido aún a la rama,  en el interior de una botella. Cuando éste crecía hasta los estrechos límites que la transparente celda le permitía, cortaba de raíz sus vínculos con el terruño y rellenaba el espacio sobrante con aguardiente seco. Nada de concesiones al dulzor para el elixir.
Contra todo pronóstico, el conjuro tuvo éxito, aunque solo en parte. La vida siguió su curso: su nieta fue la primera de casi veinte más. Las estaciones se sucedían a un ritmo vertiginoso ahondando sus arrugas y blanqueando el “roete” anudado a la nuca. La eterna retahíla de alegrías y penurias se enmarañaron en su cerebro dejando su memoria como un barco a la deriva en un crepúsculo de niebla.
El pepino, por su parte, se mantenía impasible como un espectador mudo que nada dice pero todo sabe.  Desde el ostracismo de la alacena en la casa de la peña, vio como los días se tornaban meses, años, lustros y décadas. Ya nadie creía en su poder para detener el tiempo, pero la leyenda mantenía que sanaba dolamas varias, sobre todo si tenían que ver con el ciclo menstrual de las mujeres.
Gozando de cierta reputación curativa, que nadie se ocupó de constatar científicamente, botella y dueña se mudaron a la casa de la mayor de las hijas de ésta cuando la nave de los recuerdos de la anciana naufragó definitivamente  en los acantilados de la demencia senil.
Atrincherado en la atalaya del mueble bar, notó el ajetreo y los llantos que acompañaron el último beso de la abuela. Hubiese querido seguirla en este viaje sin retorno, pero las cárceles de cristal tienen barrotes invisibles que un pobre pepino alcoholizado no puede traspasar. Se olvidó de sí mismo en un océano de tiempo y soledades, sin desesperación ni esperanzas.
Una mujer que aún no ha parido pero que algún día parirá se afana, tras la fiesta navideña,  en limpiar todo vestigio de los excesos del día anterior. En medio de la resaca se abre camino entre restos de frutos secos, vasos sucios y botellas semivacías. Cuando devuelve dos de whisky y una de ron al mueble bar es cuando se percata de la  presencia del pepino, en su envoltorio de aguardiente seco.
Ella lo mira, evocando a la abuela dulce y pequeña que lo atrapó dentro del cristal como al genio de la lámpara milenaria. Él intuye, tras los ojos marrones de la mujer, la estirpe de la dueña, invadido por la certeza del que el mensaje en la botella ha llegado de nuevo  a su destino desafiando galernas y monstruos del averno.
Una mujer, aún sin parir, sabe cosas que no sabe que sabe. Por eso coge un vaso pequeño y escancia en él un poco de aguardiente seco del pepino.  Se lo bebe de un trago y la pócima quema su garganta y acaba por completo con la resaca. Tras sentir que una ráfaga encendida la ha atravesado, la mujer abre los ojos y sonríe… con una sonrisa que es ya un arma de resistencia, un estandarte en la batalla.

lunes, 15 de abril de 2013

El Sueño del Celta.

Me preguntos cuántos sueños de celta se ha convertido en pesadillas a manos de bárbaros "civilizados".